viernes, 29 de mayo de 2009

La cuna de los signos


"Tengo once años - le dijo con dulzura y, señalando la niña que estaba a su lado, no mayor en edad y estatura, indicó- y ella diez". El joven, testigo de aquella confusa imagen en la que su madre y tía jugaban bajo el parral de la casa en una noche de verano,esbozó una sonrisa que abarcaba toda comprensión y ternura del infinito, acarició el cabello fantasmal, enrulado y negro como un sueño de las epifanías y, llevando el dedo índice a sus labios, pidió que hagan silencio. Levantó sus ojos lentamente y advirtió que la casa era aquella en la que viviría tiempo después, un lugar enterrado en la memoria de lo aún no concebido por los años y el tiempo. Su propio nacimiento estaba lejos, y la muerte era sólo un eco suspendido en la nada oscura y eterna que envolvía aquel abismo insondable. Una luz brillaba por una de las ventanas del comedor. Se acercó, sigiloso, atravesando el patio, y miró a través de la ventana para indagar el interior del lugar. Ahí estaba ella, embarazada, reclinada en su silla de lectura con la calidez habitual de su mirada húmeda. Como si fuera capaz de conjeturar un sueño que trascienda al soñador, de inferir una presencia siendo ella misma ausencia pura, miró hacia la ventana, le sonrió, y puso otra vez su vista en aquel libro en el que se sumergía como si él no estuviera allí; imaginaba, intuyo, con toda la fuerza de sus entrañas, a su futuro hijo como un poeta que desafía a la muerte, tentándola en acérrimas batallas de tinta, atrincherado en las páginas de un libro, escudado en el vientre de una ilusión. Entonces, el testigo de aquellas ensoñaciones miró al cielo buscando la luna, la combinación exacta de los astros mediante cuya permutación, según los grandes alquimistas y cabalistas, es posible dar vida a un homúnculo, ser pensado mediante la propia creación, cambiar, explorar, y tejer el propio destino; pero el cielo estaba negro, y más allá de la luz del patio había únicamente un abismo de oscuridad que hacía parecer ante sus ojos que la casa flotaba en medio de la lúgubre nada, eterna y estática. Se erizaron los pelos de su espalda y la sangre, helada, recorrió cada vértebra de su cuerpo haciéndolo estremecer. Volteó sus ojos de nuevo hacia la ventana, rápidamente, como temiendo la desaparición del único punto fijo de su universo, pero al hacerlo notó que el cristal lo había atrapado dentro de la casa. Ya no observaba ni era testigo, se había transformado en el protagonista de su obra. Intentó balbucear una palabra, pero ya no... no entendía bien lo que sucedía, ni sabía cómo describir la sensación de ser absorbido por el haz de luz que le raspaba lai piel. Todo quemaba. Sintió algo tibio en los labios... ¡era sangre! Se asustó, gritó.


-Es un varón, señora... felicitaciones


- Martín, se llama Martín.

5 comentarios:

  1. Recogí tus letras y me encamine a descubrir un viaje mas allá de lo descrito, donde el vaivén del tiempo se acrecienta en tu relato, determina el nacimiento y redimensiona la esperanza del que el tiempo, sea solo eso, tiempo...
    Un placer leerte
    Abrazzzusss
    Josh

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  2. Gracias por tu comentario, Josh. El tiempo es justamente eso, nada más y nada menos maleable que la conjugación de un verbo y no más estricto que el sentido de una oración.

    Un abrazo

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  3. Y hoy debe ser la mujer más felíz del mundo por tener un hijo tan maravilloso.

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