lunes, 5 de julio de 2010

¿Distopía?



Tomás Moro acuñó el término utopía para denominar una península inalcanzable en la que se erigía una ciudad “ideal”. No es casual, en absoluto, que utopía sea una isla, ni que con el paso del tiempo haya mutado el significado del término para designar lo que entendemos como la perfección absoluta de un estado, situación o lugar.
Las islas están constituidas del mismo barro del que está formada la tierra, pero, a diferencia de aquella, una isla es de menor longitud geográfica, se encuentra apartada del sitio en que un día se originó, y persiste, generalmente, en estado salvaje, lo que muchas veces puede hacerla más atractiva para los espíritus aventureros que andan en busca de algún cambio en sus rutinarias vidas mundanales. Allí, en la isla, la ilusión de libertad que se respira es mayor, aunque menor, paradójicamente, el territorio por descubrir; y sin embargo, sigue resultando un lugar atractivo, perfecto, un mundo aparte que no pertenecería, en apariencia, a este que lo forjó con sus manos encalladas por el arduo trabajo diario de la existencia.
Una utopía se alimenta de la sangre de lo perenne, y le resta su efímera belleza, esa cualidad intrínseca de las cosas que las hacen humanamente apreciables. Pero, por otro lado, entra en escena la muerte, y tememos perder todo aquello que amamos, aunque lo reconozcamos como efímero. Esto nos impulsa a crear esa ilusión de eternidad en los altares que utopía ofrece a nuestros dioses mortales. El amor, la familia, y la amistad, esos valores humanos tan apreciados y característicos en sus particularidades, se transforman en límpidas y relucientes estatuas de oro a las que rendimos culto; y lo hacemos como si ellas no fueran susceptibles a terremotos. Trasladamos nuestros anhelos mortales de nuestro mundo al palacio intransitable de Utopía, a aquel lugar amurallado al paso del tiempo, y desprovisto de huellas humanas, sangre, muerte, y decepción. Aquí comienza nuestro cristianismo platónico a desgarrarnos, a hacernos inconcientemente temer a la muerte. Las cosas revelan su naturaleza a nuestros ojos, a nuestros sentidos concientes, se plantan con pié firme y evidencian que mueren, dejan de ser, cambian (para los más optimistas), y nosotros muchas veces optamos por cerrar los ojos, mirar a un costado, o de alguna manera entronizar nuestros bienes en la fortaleza de las utopías. No nos agrada que lo bello sea bello porque es perecedero, no queremos tener conciencia de ello, entonces recreamos estatuas utópicas que den sentido a la vida y justifiquen nuestro actuar sin que debamos mirar su costado mortal o asumirlo con lágrimas. Y ahí están, el amor, la amistad, la familia, erigidos como bienes supremos, cuando en realidad si son bienes, y valores importantes, pero responden más bien a un interés circunstancial que a un mundo idílico imperturbable. Y cuando uno osa cuestionar verbalmente los dioses es atacado como iconoclasta, señalado como hombre peligroso o, en el peor de los casos, como un paria y resentido social. Esos valores son absolutos, imperturbables. No es cierto que la mujer que dijo amarte te dejó para casarse con un tipo de guita, tampoco es cierto que tus amigos se olvidaron de vos porque consiguieron la pareja que esperaban y ya no tienen tiempo, o admiten inocentemente “y, las cosas cambian”…, o que tus padres se son infieles y fingen frente a los demás para que nadie juzgue el haberse tomado el atrevimiento de no adorar el dios utopizado de todos. Todas esas cosas no pueden ser contempladas al momento de pensar en nuestras utopías, y mucho menos si la tomamos a esta como modelo de vida a futuro. El esquema debe ser inquebrantable, porque, después de todo, funciona como modelo de cohesión social. Por eso, utopía y sus altares, bien lejos, allá, en esa isla inalcanzable donde son venerados los dioses eternos, aquellos que le dan sentido a los fenómenos, revistiendo todo de un halo metafísico y cursilero incuestionable.
Como la necesitamos para no darnos cuenta, para no sufrir tanto el desapego, para olvidarnos un poco de esa puta y aburrida muerte que nos espera y que va a tragarse un día todas nuestras vanidades y proyectos de mierda. Porque, al fin y al cabo, todos cagamos un día, entramos y salimos, vinimos, y aunque nos duela, tenemos que irnos. Y ese breve momento en que persiste la belleza es lo único eterno en la vida, al menos, mientras persista la memoria…hasta que la alcance la nostalgia. Los días en la península son unas vacaciones momentáneas que suelen robarnos más de los que nos prometen. Cuantos más puentes, que la conecten con lo perecedero, destruyamos, más cerca de la eternidad estaremos, y más solos, también.